La presión arterial es la fuerza que ejerce la sangre contra las paredes de las arterias a medida que el corazón la bombea por todo el cuerpo. Se expresa con dos valores: la presión sistólica, que corresponde al momento en que el corazón se contrae y expulsa sangre, y la presión diastólica, que refleja la presión cuando el corazón está en reposo entre latidos. Ambos valores se miden en milímetros de mercurio (mmHg).
Según la Organización Mundial de la Salud, una presión arterial normal se sitúa en torno a 120/80 mmHg. Se considera hipertensión cuando los valores superan de forma sostenida los 140/90 mmHg, mientras que la hipotensión se diagnostica cuando la presión cae por debajo de 90/60 mmHg. Mantener una presión arterial equilibrada es fundamental para proteger el corazón, los riñones y el cerebro, ya que una presión elevada daña progresivamente los vasos sanguíneos y puede desencadenar infartos, ictus e insuficiencia renal. Por su parte, la hipotensión puede provocar una irrigación insuficiente de los órganos vitales, afectando al bienestar general y la calidad de vida.
La hipertensión arterial es conocida como el "asesino silencioso" porque en muchos casos no presenta síntomas evidentes. Sin embargo, cuando la presión es muy elevada pueden aparecer dolores de cabeza intensos, mareos, visión borrosa, sensación de fatiga persistente y, en casos graves, sangrado nasal. Estos signos no deben ignorarse.
La presión arterial baja, en cambio, suele manifestarse con desmayos o sensación de pérdida de conciencia, náuseas, debilidad generalizada, piel pálida y fría, y visión oscurecida al levantarse bruscamente. Si experimentas cualquiera de estos síntomas de forma recurrente, es importante consultar con tu médico o farmacéutico.
Debes acudir a urgencias de forma inmediata si presentas una presión superior a 180/120 mmHg acompañada de dolor en el pecho, dificultad para respirar, alteraciones del habla o pérdida de visión repentina. Existen además grupos de especial riesgo que requieren un control más estrecho:
En España, el tratamiento farmacológico de la hipertensión se adapta siempre a las características individuales de cada paciente. Existen varios grupos de medicamentos antihipertensivos ampliamente utilizados y prescritos por los médicos.
El Enalapril, el Ramipril y el Lisinopril actúan bloqueando la enzima convertidora de angiotensina, reduciendo la vasoconstricción y favoreciendo la relajación de los vasos sanguíneos. Son especialmente indicados en pacientes con diabetes o insuficiencia cardíaca.
El Amlodipino y el Lercanidipino impiden la entrada de calcio en las células musculares de las arterias, lo que facilita su relajación y reduce la presión. Son muy útiles en pacientes hipertensos que también padecen angina de pecho.
La Hidroclorotiazida y la Indapamida ayudan a eliminar el exceso de sodio y agua a través de la orina, reduciendo el volumen de sangre en circulación y, con ello, la presión arterial. Suelen combinarse con otros fármacos para potenciar su efecto.
El Bisoprolol y el Atenolol ralentizan la frecuencia cardíaca y disminuyen la fuerza de contracción del corazón. Se utilizan especialmente cuando la hipertensión se combina con arritmias o problemas coronarios.
El Losartán, el Valsartán y el Olmesartán son una excelente alternativa a los inhibidores de la ECA cuando estos producen tos seca como efecto secundario. Actúan bloqueando los receptores de angiotensina II con un perfil de tolerancia muy favorable.
Es fundamental recordar que ninguno de estos medicamentos debe tomarse sin prescripción médica. La automedicación en el control de la presión arterial puede ser peligrosa y contraproducente.
La hipertensión tiene un origen multifactorial. Una alimentación basada en productos ultraprocesados, rica en sal, grasas saturadas y azúcares refinados, es uno de los principales desencadenantes. El sedentarismo y la obesidad también guardan una relación directa con el aumento de los valores de presión arterial, ya que el corazón debe trabajar con mayor esfuerzo para irrigar un cuerpo con exceso de tejido adiposo.
El tabaco daña las paredes arteriales y favorece la arteriosclerosis, mientras que el consumo excesivo de alcohol eleva la presión de forma sostenida. El estrés crónico activa el sistema nervioso simpático, provocando aumentos repetidos de la presión que, con el tiempo, se vuelven permanentes.
Los factores genéticos también juegan un papel importante: si tienes antecedentes familiares de hipertensión, tu riesgo es significativamente mayor. Además, ciertas enfermedades como el hipotiroidismo, la apnea del sueño y las patologías renales crónicas pueden elevar la presión arterial de forma secundaria, requiriendo un tratamiento específico de la causa subyacente.
Adoptar un estilo de vida saludable es la primera línea de defensa frente a la hipertensión. La dieta DASH y la dieta mediterránea son los modelos alimenticios más recomendados por los especialistas. Ambas priorizan frutas, verduras, legumbres, cereales integrales, aceite de oliva virgen extra, pescado azul y lácteos bajos en grasa, mientras que limitan el consumo de carnes rojas, embutidos, bollería industrial y bebidas azucaradas.
El ejercicio físico aeróbico moderado, como caminar a paso rápido, nadar o montar en bicicleta durante al menos 30 minutos al día cinco días a la semana, contribuye de manera significativa a reducir la presión arterial. Las técnicas de relajación como la meditación, el yoga y la respiración diafragmática ayudan a gestionar el estrés y a mantener los valores estables.
Reducir el consumo de sal es imprescindible: se recomienda no superar los 5 gramos diarios. Para lograrlo, es útil cocinar con especias y hierbas aromáticas, evitar el salero en la mesa y leer las etiquetas de los productos envasados. Mantener un peso corporal saludable y dormir entre 7 y 8 horas diarias con horarios regulares también influye positivamente en el control de la tensión arterial.
En las farmacias españolas puedes encontrar dos tipos principales de tensiómetros: los de brazo, considerados más precisos y recomendados por las guías clínicas, y los de muñeca, más cómodos pero que requieren una posición correcta del brazo para ofrecer resultados fiables.
Para obtener una medición correcta, siéntate con la espalda apoyada y los pies en el suelo, descansa al menos cinco minutos antes de medir, coloca el manguito a la altura del corazón y evita haber tomado café, tabaco o realizado ejercicio en los 30 minutos previos. Se recomienda tomar dos mediciones consecutivas con un minuto de diferencia y registrar la media.
Lo ideal es medir la presión por la mañana antes de tomar la medicación y por la noche antes de acostarse, durante al menos una semana antes de cada revisión médica. Llevar un registro detallado de los valores permite al médico ajustar el tratamiento con mayor precisión. Es importante saber que la medición en consulta puede ser ligeramente superior por el efecto de "bata blanca", por lo que la monitorización ambulatoria de 24 horas ofrece una imagen más fiel del comportamiento real de la presión a lo largo del día. Si en casa registras valores repetidamente superiores a 135/85 mmHg, consulta con tu médico para valorar un posible ajuste del tratamiento.